sábado, agosto 05, 2006

Manifiesto

Manifiesto de la literatura Hágalo-usté-mismo (pt. I):

Dejar la pedantería de lado. Enorgullecerse de lo leído, oído, visto y vivido, pues lo creado no es más que un mero residuo de ello. Usar la literatura, así como cualquier otro vehículo-arte, como excusa para desnudar el alma, para así poder luego tomar la debida distancia y apreciarla en todo su esplendor. Mirarla, analizarla, desmenuzarla, destriparla e incluso lacerarla si se quiere, pues sus derrotas o glorias no serán más que un espejo de las dichas, desdichas y demás conflictos internos del autor. Usarla no solo como instrumento catártico sino como método de autocrítica y autosuperación. No se trata de «escribir mejor»; se trata de vivir mejor, y que las letras creadas permitan al alma reflejarlo sin temores.

jueves, agosto 03, 2006

Letargo

.universo este de
desterrados ser deberían
círculos loS


Buenos días, pero no contesta. Adrián no (te) contesta. Le hacés muecas, lo mirás, le gritás, pero sigue igual de abstraído que siempre. Y él pensará «De nuevo Flavio, tan él... tan simio, tan gordo-exhibicionista-en-musculosa-blanca como siempre, puteando a los gritos contra los tres vientos (¿no eran cuatro?) y, de seguro, a algún cuarto (ah, sí, cuatro) por ahí dando vueltas como D'Artagnán con sus tres mosqueteros, y ¡viva el rey, merde! Decí que el "agravado por el vínculo" retumba en mi cabeza y me impide bailar a gusto sobre su cráneo inerte, que si no te juro que no lo pienso dos veces...» pero no podés saberlo, Flavio querido, porque no lo estaba diciendo. Lo estaba pensando, y sólo podrías saberlo si lo hubiera estado diciendo, pero no lo estaba diciendo porque sólo lo estaba pensando y (Las ideas son libres, pues así fueron originalmente recibidas. Si son devoradas por almas propensas al sufrimiento, ¿acaso esa imprudencia ajena me convierte a mí en sádico?). Dicen que en la vida la única constante es el cambio. Hay algunos más bruscos que otros, pero nunca dejás de cambiar. ¡Ni muerto, fijate! se te empieza a caer la piel, te pudrís y ¡puf! sos un esqueleto como los de Hitchcock. Y hablando de muertos y espantos, tres bifes, la cara roja y ahora sí, buenos días Adrián.

– ¿Cómo anda mi bella durmiente? No me digás que otra vez Laura...

– «Que otra vez Laura». – Adrián, más allá que acá. – No me jodás.

– Vos no me jodás, te falta sopa para estar así por eso. Mirate, sos un trapo de piso. No podés intentar encontrar eso que llamás amor (o Laura) sin haberte encontrado antes a vos mismo, y mirá que estás lejos. Ni hablar de Laura (o amor). ¿Por qué no empezás por ese algo que andás buscando desde que eras un frijol? Sí, es jodido porque siempre va cambiando. Ayer era un algo diferente del algo de hoy, que a su vez va a ser un algo distinto al algo de mañana, y así sucesivamente. Montones de algos, algüismos, alguías y algüedades que se amontonan y apilan formando un algo enormemente infinito como la paradoja misma. Ahora agarrá ese algo (infinito, como dijimos) y multiplicalo por el algo (también infinito) que sos vos, y decime cuanto da. Dale, rápido, 10, 9, 8, no pienses mucho, 4, 3, 2... ¿Ves que sos un boludo? Dale, volvé a dormir. Mañana hablamos, o pasado, o nunca. Es lo mismo, no vas a cambiar. Puta, che, que baranda a vino berreta que tenés, hermano.

Recapitulemos. Adrián, amigo. No; Adrián, conocido, compañero de cuarto... borracho. De nuevo; Adrián, borracho, vago. Adrián, borracho, vago de mierda. Y si «vago de mierda» y «comediante de Tetra-Brik» (también de mierda), entonces «Adrián» (de mierda igual, ¿por qué no?). Tantos años sobre este mundo y todavía te maravillás ante las bondades de la filosofía moderna. Che, que lija. ¿Qué habrá en la heladera?

Nada, para variar. Terminamos desayunando tele, para variar. Videoclips, para variar. Hace cuánto que no veías algo a color por esos pagos. Nadie mejor que Cyndi, porque Madonna es más blanco y negro que brillantina, pero un Boy George hubiera sido bueno, aunque quizás demasiado rosado, y nunca te agradó del todo ese color. Más que nada porque así son las relaciones antes de tornarse marrón-caca-verdoso y apestar como el agüita de nuestros paseos peregrinos por un Buenos Aires pomposo y portuario como el de la semana pasada. ¿Pero desde cuándo vos pensás en esas cosas?

Piensa cierto no-muerto: Laurita, Laurita. Si el pendejo este supiera que la copulación... Flavio pendejo y puto, reputo. Si vos supieras que la salvaje e in(...)sulsa co(...)pula(...)ción de la que me hablás. (...)Mi amor, que me hablás de (...)que te quiero para(...) porque te quiero, pero no para(...) «Para desgracia de tus cavilaciones, no nací con esa infame y desabrida inclinación. La naturaleza me ha dotado de la sensibilidad para abrir y compartir mi alma, así como también mis placeres y perversiones, con aquellos a quienes considero dignos de mi más profundo afecto.» No hay caso Adriancito, la resaca (mala, mala, nena mala) te volvió a ahogar los aires de poeta frustrado.

Cindy (pero otra, sin glamour) insiste en que el teléfono está behind the couch. 911 en pantalla y Jimmy Pop bailando con Carmen. Rubias en estéreo, como no podía ser de otra forma si queremos que Jimmy siga siendo Pop, mientras vemos cameos diversos de Bloodhound Gang gozando de la buena vida. Pero Carmen, sedienta de Jimmy, quiere bailar con él y los músicos sobran, porque el que tiene onda siempre es el cantante, fijate que Luismi, y Ricky... ¿dónde está la banda? no hay banda, no hace falta. Who needs bands when you've got computers? Hacele caso a Carmen y al carajo con los demás, que Jimmy baila bien y el sombrero de la rubia duplicada combina con su camisa violeta tan masculina. Entonces Carmen le baila a uno, después a otro, pasito por acá, por alla, los distrae a base de nalgas, chau freno de mano en el cochecito rojo y no más nalgas que mirar sin ojos que las miren. Siguiente toma, la pileta hecha fiambrería. Nice, though. Jimmy sigue cantándole a su nombre mientras Carmen, champagne en la fiambrería, y algún electrodoméstico nunca sobra en el agüita. Solved, no más banda... ahora a por Jimmy, pero cagaste Carmen porque el niño Pop terminó siendo...

– Che, Adrián, ¿conocés algún eufemismo para «marica»?

– Si, «Flavio». Dejame dormir, pelotudo.

(...entonces terminé bailando con Carmen Electra...)

Filosofía de nuevo. Adrián, cortamambo lingüístico; puto, reputo y cortamambo. Flavio, según Adrián, también puto y reputo, pero pendejo a falta de cortamambo; y a falta de borracho, gordo-exhibicionista-y-todo-lo-demás (y agrandame el combo con un «de mierda», por favor). Pero uno piensa que el otro, y el otro piensa que uno... hijos de puta, tendría que matarlos a los dos de una vez por todas. Mantra, mantra, mantra… Nunca es tarde hasta que realmente lo es. Nunca es tarde hasta que realmente lo es. Nunca es tarde hasta que realmente lo es. La repetición es la base de la aceptación sin cavilación. Reprogramación.

Adrián, querido, qué mamúa, por Dios. Sí, Dios. ¿Tanto te cuesta? «Fuera lo que fuese, si Dios existió en algún momento, no fue más que en las mentes y corazones humanos, víctimas de un inquisidor despecho pueril que los obligaba a rendir culto a un creador omnipotente. Quizá una suerte de Edipo agudo que no halló saciedad en una figura materna tangible…» Che, pero que loco que sos borracho. ¿Eso lo dijiste en voz alta? ¿Por qué te mira el puto-de-Flavio?

– Che, Adrián.

– ¿Qué te pica?

– Nunca es tarde hasta que realmente lo es.

– ¿Volviste al pegamento, enfermo?

Lo del pegote es una excusa. ¿Te das cuenta? Te está mirando. Adrián te está mirando. Se hace el dormido, pero te está mirando. Piensa que sos puto, reputo, y te está mirando, y está esperando que te duermas, por eso te está mirando. Te mira porque cree que sos puto y reputo. Y vos sabés que el puto reputo acá es él, así como también sabés lo que sale de puto más puto, matemática pura. Y si encima reputo ni te cuento. Pero vos no putás ni reputás, eso es sabido. ¿Qué pasó con esa costumbre de parar taxis con la mano derecha erguida y orgullosa de sangre aria? ¿Te pensaste que Laura…? ¿Por qué te pensás que nunca la conociste, Laurito? Puto y reputo y recontraputo. Sí, puto y caño… dale que va, linda mezcla. En el armario, debajo de las camisas. El resto en la mesita de luz.

Se levantó. Toad on the road rima como puto en el baño... (bueno, no rima). Agarrá el caño (ahora sí rima). Rápido, las balas al bala. Este es de esos momentos en que si lo pensás mucho no lo hacés. Determinación. Arma cargada, manos listas, ojos rojos. Todo-listo-pibe, apurate. Entrás al baño. Lo ves, ahí está, te mira, lo mirás. Uno, dos disparos, ¡Tres, cuatro, cinco! ¡Mierda! ¿Qué le hiciste al espejo? Dejate de joder y hacelo de una vez por todas, no seas cagón. ¿Todas esas noches en vela fueron pura literatura mental? ¿Qué hacés, inconciente? Sacame el arma de la cabeza. ¡No seas boludo!

¡Pum!

“Epílogo” o “Fragmento prescindible”


¿Y los vecinos? Con ese ruido la policía ya debe estar a mitá-camino. ¿Quién les explica que el disparo, que los gritos, que tus monólogos...? Siempre tan vivo vos (vaya ironía). Ahora que estás muerto, ¿quién me ayuda a esconder mi cadáver?

jueves, julio 27, 2006

Sobre el cambio...

¡Qué altercación! Que blanco porque blanco y no negro porque blanco también, y el hórden y los orarioz y la gran gorda vida girando en un frenesí rabioso, vomitando su espuma mugrosa en las caras atónitas de los cadáveres ociosos con make-up escénico disfrazando su latencia.

¿Y ahora qué pasa, eh?

El cambio es la única constante. ¿Acaso también la única salida?

jueves, julio 13, 2006

Sobre escritos...

Los escritos son el residuo de nuestras lecturas. Enorgullecernos de ellos sería como celebrar una montaña de mierda tras un suculento banquete. Lo único que nos diferencia de los locos es el escenario de nuestras demencias. Quien dice calles, veredas y subtes, bien puede decir hojas, papeles, litros de tinta y teclados gastados por el abuso. Todo está en la perspectiva.

martes, junio 06, 2006

Anís

Todo era simétricamente perfecto.
Lo noté al descubrir un tic nervioso
en mi ojo izquierdo.


Me quedé mirándolo fijo, como consolándome por no haber podido insultarlo como ameritaba su rápida huida. Calma –me dije–. Sólo otro viejo maleducado. Otro de los muchos cientos, miles, millones de viejos maleducados que caminan por las calles, como dueños de las aceras, toreando y maldiciendo mientras les dé la saliva (y las polillas, porque siempre huelen a naftalina). Y después dicen de nosotros, los jóvenes, que no tenemos respeto por los mayores, la familia, la vida, la gente, la autoridad, ¿yo qué sé? (no es una pregunta)... y encima de todo, cobarde. Si sólo hubier...

–¿Che, estás acá? –me preguntó Lara, bajándome de un hondazo–.

La noté intrigada por mi mirada perdida en un viejo ya invisible por la esquina. Era tierna. Su sonrisa me remitía a esas ardillitas tan dulces y juguetonas que uno ve y alimenta en el zoológico cuando lo llevan de prepo un domingo a la tarde para que no moleste mientras papá mira el partido y le grita a la tele.

No sé por qué, de repente, me acordé de papá.

Pasé por alto mi brote gerontofóbico y analicé la situación. Es sabido cómo reaccionan algunas mujeres al descubrir que esa nube (sí, la que tiene forma de conejito) me estaba resultando más interesante (no, al lado de la que parece un pato) que tragarme el aire ya enrarecido y un tanto fútil (esa misma, ¡mirá qué bonita!) que había generado su monólogo existencial. Mi chivo expiatorio terminó siendo el viejo contra quien tanto había despotricado minutos atrás.

–¿En qué pensás? –me preguntó, sonriendo; tierna, dulce, juguetona, tierna...–.

De no haber considerado esa pregunta como una cuerda salvavidas al augurar el inminente naufragio en una charla trivial, la hubiera insultado a lo políglota. Pero, contrario a mi habitual genio evasivo –y desestimando el reciente incidente–, ese día me encontraba particularmente de buen humor, ¿quién sabe por qué? (no es una pregunta).

–En vos, te miraba –le contesté–... ¿yo qué sé? (no es una pregunta).

Los cachetes se le inflaron como dos manzanas rojas acarameladas, como esas que comía de chico en El Tigre cada vez que mi papá se encaprichaba con la fantasía de ir a pescar. Casi siempre terminábamos regalándole lombrices a ese enorme charco de sopa fría y viscosa entre marrón ocre y verdosa, que olía (y, de seguro, sabía) a heces y orina.

Yo corría por mis campos, viendo florecer los frutos de mi estrategia, mientras las aves volaban rapaces creando un espectáculo digno de ser admirado. Estando casi casi casi convencido de mi airosa retirada con laureles y demás, me asestó el golpe de gracia; ése que hace aullar a la muchedumbre cuando ésta ya está empezando a levantar sus cosas para irse a casa.

–¿Y qué más? –atacó, sin disimular su sonrisa–.

Sucumbí finalmente ante su curiosidad de infante goloso, y accedí sumiso a responder a su tan habitual y luego tan inesperada pregunta. Me invadió el pánico, el desconcierto. Me sentí el cazador estrella al que se le escapa una segura presa por subestimar su propia empresa. Pero la escopeta no en vano tenía dos caños, y Lara empezó a tratarme de loco tras lograr tumbarla al segundo tiro. Nunca comprendí esas preguntas semi-planificadas que esperan respuestas similares y se enojan si no las obtienen (es que las preguntas son tan quisquillosas a veces...).

En el fondo era cierto, la estaba mirando, como también era cierto que no (no estoy loco). En realidad (¿realidad?), creo que la estaba estudiando… un poco como buscándole algún sentido oculto a su semblante vacío (ya tendré tiempo más adelante para reivindicar o hundir irremediablemente mi cordura). La imaginaba como una nube de mundos inconexos, flotando cerca los unos de los otros y vistos con forma de rostro sólo tomando cierta distancia, como esos óleos baratos de feria americana cuya imagen depende casi exclusivamente de la voluntad del curioso.

La metafísica de cotillón me había empujado a intentar ver más allá, siendo ella no ella sino parte y todo de un todo inverosímil. Y de ese todo, yo no sacaba nada. Respirando la desazón de la incertidumbre filosófica, por no decir demencial (sólo los filósofos y los locos apuñalan tan brutalmente sin más armas que dos ojos), intenté descender (o ascender, porque los subsuelos son infinitamente más lúgubres que las terrazas) a la realidad apartando mi vista de ese universo extraño. Terminé entrando en su ojo derecho. No soy amigo de lo ajeno, pero los tenía tan abiertos (seguramente a causa de mi respuesta) que ni me molesté en llamar.

La caverna era enorme. Tan oscura como luminosa y tan brillante como opaca. Empecé a sentir náuseas por girar como un trompo (nunca me gustaron los trompos) buscando calificativos que se adecuaran al lugar ante el cual me encontraba absorto. Intenté huir, hasta que caí en la cuenta de que la caverna ya no era caverna sino una suerte de carretera sin o con suelo, techo, paredes, no-techos, no-suelos, no-paredes, todo, nada, nada, nada, todo, ¡truco!... y nada nuevamente, como cuando Ricardo me guiñaba un ojo, y yo no sabía si pegarle por desfachatado o cantarle retruco. Siempre terminaba yéndome al mazo de mala gana.

Se hace difícil ganar e incluso perder cuando no se tienen cartas que jugar, o cuando el que argumenta en mi contra soy yo mismo. A la larga, resulto ser tan buen sofista que mis argumentos adquieren una validez similar a la de la mala imitación de un billete de tres pesos que todavía creo tener guardada en el cajón de mi mesita de luz, sólo por si acaso..., pero no sé a qué venía todo esto de la timba y el orgullo y mi amigo afeminado.

Un lamparazo casi fotográfico me devolvió de un manotazo la poca lucidez que tenía guardada por algún lado (de seguro no en la mesita de luz). Por desgracia, a veces me distraigo fácilmente. ¿Dónde me había quedado? Sí, flash... no pretendo narrar mucho al respecto, pues estaría mintiendo y no me gusta mentir escribiendo, porque cuando escribo no soy yo, sino sólo la resaca del yo que el día y la rutina se ocupan de filtrar a diario, casi sin que yo me dé cuenta. Si voy a mentir, que sea yo el que miente y no un mero testaferro. El flash, el flash… la escena me recordó a los siempre educados taxistas de Buenos Aires en hora pico y con pasajeros. Dadas las circunstancias, perdí el conocimiento por el golpe, tras haber hecho las veces de guardabarros para este gentil transportista apurado.

Desperté flotando en algo parecido a un océano sólido (pero no tanto) y transparente (pero no tanto). Buceando en el recuerdo, me reencontré con mis padres. A papá ya lo nombré varias veces (porque mamá siempre era la que sacaba la foto), pero nunca profundicé sobre la persona que ocupaba aquel honorable cargo público, y tampoco lo haré a esta altura del partido. Sólo me limitaré a describirlo. No como el hombre, ni como el padre, ni como el deportista frustrado, sino como el oficio perfecto. Aún hoy lo veo en martillos, cuchillos, bisturíes y gamuzas, y no en balones, retratos, relatos, infancias, en fin. Mi madre, en cambio, era de esas tantas personas que dicen calcular como sinónimo de pensar. Ya había tenido suficiente de ellos en vida, y no estaba para arruinarme el día, así que intenté salir a dar una vuelta para aprovechar mis improvisadas vacaciones. Pero noté que el tiempo estaba pasando más rápido que de costumbre y corría como un conejo blanco cuando mira su reloj de arena que gotea.

Los viejos siempre se quedan dormidos, y eso me hizo notar que ya era vejez, como podía haber sido de noche.

La siesta me hizo bien, y desperté hecho un pibe (literalmente; de ocho o nueve años), con la energía hiperactiva y volátil que los caracteriza, al menos hasta la pubertad. Fue precisamente pubertad (como podría haber sido mediodía o almuerzo) cuando tomé conciencia de que había jugado y saltado más de la cuenta durante mi niñez o mañana, y tuve que sentarme a descansar un rato.

Con el paso del tiempo (qué cosa ambigua últimamente), uno va teniendo revelaciones casi existenciales antes impensables, como que la Quilmes Cristal oculta, tras su fachada de cebada, cierto rumor a las lima-limón baratas que solía tomar en las playas de Brasil cuando vacacionaba con mis tíos, o que los señaladores, con frases de segunda mano y calendario al dorso, terminan resultando bienes particularmente útiles cuando la voracidad lectora no va de la mano con la memoria de los viejos años, casi siempre lubricados por un cortado anticipado por el ademán con los dedos para pedir «un cafecito, maestro» y despedido por la pantomima casi obscena para llamar al mozo. Todo esto sin olvidar, por supuesto, el broche de oro con el vaivén frenético de la mano emulando una firma aérea, que pide la cuenta sin obligarme a levantar la voz (que es de mala educación en lugares públicos). Y si le digo manteca, el mozo me trae una medialuna, porque es lo normal, es como la gente comer medialunas en vez de manteca. Porque uno pareciera ser tremendo degenerado si no se viste como-la-gente, si no habla, se comporta y come como-la-gente (yo como, tú comes, él come, vosotros, nosotros, ellos, nadie...). Siempre me consideré muy generado al respecto. Quizás lo soy. Quizás nadie me avisó cuando falté a la clase en que dijeron dónde comprar los apuntes para esa unidad.

Mirando un poco para cada lado, como quien no quiere la cosa, él se inclina hacia ella usando de soporte sus brazos cruzados sobre la mesita cuadrada de un bar en la esquina de Pueyrredón y Paraguay, como intentando secuestrarla y someterla con la mirada mientras ella sonríe, ingenua, ignorando cómo él guarda la mueca sardónica en el bolsillo interno de su saco de imitación y se frota las manos (como un cirujano preparándose para operar) cuando la ve levantarse y dirigirse al toilette.

Pero ella vuelve, ve la galera rota, y al mago se le escapa el conejo. Sale del bar, como el agua de la tina por un desagüe con sarro, adelantándose a la falsa tentativa de caballerosidad que le quiso abrir la puerta y game over.

Beber la soda cuando todavía queda un dedito en la taza termina eternizándole el sabor al café y, a veces, hasta a la mano entera. Pero la soda es la soda y nada más que la soda. «Por el pasillo, a la vuelta» Una, dos, tres veces que me hacen pensar que tal vez la mesera tiene, o cree que yo tengo, algún tipo de retraso mental severo cuando la soda me manda a preguntarle dónde queda el toilette de caballeros.

Ya se iba haciendo tarde, así que me refugié en un paquete de caramelos de dulce de leche dentro de un pasillo de subte con aroma a jazz y saxo solista hasta que la música se extinguió, así como mi lucidez. A eso de los 40 o 50 (como podría haber sido de noche) terminé tendido en el suelo como un costal de cebollas rancias, invitado por aquellas cálidas callejuelas a pernoctar cobijado en sus laberínticas entrañas.

Fue vejez de nuevo y la claridad diaria después de tanto (¿poco, mucho, nada?) tiempo de oscuridad me encandiló temporalmente hasta que mis ojos seniles se acostumbraron al sol de la mañana sobre la boca del subte que oficiaba de catre. Me levanté y empecé a caminar por las calles, algo desorientado, intentando ubicarme un poco en el mundo despierto cuando, sumido en mis cavilaciones, choqué contra un joven que venía charlando con su novia, amiga, conocida, ¿quién sabe? (no es una pregunta). Pensé en pedirle disculpas, pero la situación me resultó extrañamente familiar, y siempre le tuve cierto miedo a los Deja Vú.

martes, mayo 09, 2006

Haiku I

Gran sol brillante
que al gorrión contempla.
¡Qué paradoja!

sábado, abril 01, 2006

Sobre la lucha interna...

Proceso de Reorganización Personal.

Desperté al alba rodeado de una inmensa masa móvil, un abundante y grotesco rejunte de cuerpos sin alma, artífices de un gran virus para autoconsumo colectivo producto de incertidumbres y sinsentidos y demás puerilidades vueltas voluntariamente inextricables, cuyo único objetivo era desviar falazmente de la realidad binaria a todos aquellos que hubieran sido infectados.

Se manifestó como el miedo a los fantasmas, terror solo comparable en potencia e incoherencia al de un infante en las tinieblas, pues aquellos espectros no eran más que espejos cubiertos por telas de escaso porte, colocadas por las mismas víctimas para disuadirse de la lucha eterna, llámese disidir del promedio; aquella militancia que, según es fama, solo termina cuando se la abandona. Por carencia de final, los desgraciados la ven infructuosa mientras los iluminados escalan incesantemente y observan desde la lejanía a los ínfimos primeros.

Al aceptar la propia perspectiva, la paradoja es el antídoto. Hallándose en un nicho interno solo asequible por determinación propia, cual oruga en plena metamorfosis, el cambio debe verse como menester, desterrando todo vestigio de confusión y afianzando la voluntad de progreso. Es el proceso entre ver una puerta y atravesarla. Simple y compleja, comienza la batalla contra el verdadero enemigo; el único aliado.

El peor enemigo es el que llevamos dentro.