jueves, mayo 17, 2007

Ya habia visto

Cuan terrible fue el tormento que asedió a Octavio Páez durante la veintena y lustro en que le tocó reptar. Ya había visto el sol caer, los nardos florecer, las rosas palidecer. Ya había visto el negro cielo y el blanco infierno. Ya había visto a los niños y a sus perros, y a sus madres gimiendo, así como también había ya visto al tren que los finaría cual trueno. Bien sabido es que podríamos eternizar la lista, por cuanto, a modo de resumen vano, la limitaremos a los ya mentados ejemplos.

Desayunó, hacia la tarde, jugo de vaca adobado con café. Pan de ayer tostado, mermelada y aguas burbujeantes transpirando el vaso opaco. No leyó el periódico, puesto que descreía de ellos, así como también de toda otra muestra de falaz actualidad. Se aseó con suma cautela, siempre con la cabeza a gachas. (Al lector promedio le parecerá extraño esto que damos por sentado, pero -y esto lo supimos casi póstumamente- es preciso remarcar que no había mal sobre este mundo que turbara más tanto a Octavio como la mera mención de espejos, u otros instrumentos de tortura igualmente inhumanos)

Consumado el ritual diario, abandonó su habitación en Paraguay y Boulogne Sur Mer, entregándose a las calles suavizadas por la niebla. Era un hombre taciturno, sumido habitualmente en las más crípticas cavilaciones, reparando rara vez en su entorno. No lo culpamos, puesto que, dada su naturaleza, esperar menos habría sido una necedad, o acaso una imperdonable falta de tacto.

Caminadas sus diez cuadras y doblado debidamente a la izquierda, cual batalla naval hundió de un zarpazo el timbre que flotaba en el 3-B. Contrariando su costumbre, esta vez no respondieron. Quizás por la hora o el mal clima, el velero de bronce reflotó y naufragó en reiteradas oportunidades, sin variar el resultado. Aunque, de más está decirlo, Octavio ya sabía esto, y es aquí donde radica su martirio.

Tras intentar abrir la puerta, a sabiendas de que habían echado llave, pidió ayuda a la mujer del portero en el instante en que ésta arribaba a sus espaldas. Con notorio desconcierto, la mujer entrada en años esgrimió la pulida pieza y le abrió paso, no sin antes preguntar -según dictan las buenas costumbres- por su salud y los motivos de su ausencia. Octavio le propinó una excusa vagamente premeditada, y se abocó a devorar las escaleras, adelantándose a asentir la pregunta que le hacían desde abajo.

Creemos pertinente agregar -excusándonos por la abrupta interrupción del relato- que, nunca habiéndosele dado un mejor uso a la palabra, Octavio era un adelantado, más en sentido literal que retórico; una suerte de vidente, impotente ante su patente estigma. Así, pues, su último día es el que aquí intentamos plasmar lo más fehacientemente posible, no obstante los vastos abismos lógicos que todo prodigio presenta.

Llegado al tercer piso, dejó pasar la puerta "A" por su derecha, y vaciló al enfrentarse a su objetivo de madera. Oyó, sin sorpresa alguna, al viejo del "C" intentar (infructuosamente) mover en silencio lade su puerta, tal como lo hacía siempre que oía ruido en el pasillo. A punto de embocar la llave, Octavio supo que la puerta estaba abierta, e hizo girar el cuerno helado de la misma.

Como en todo invierno porteño, la noche arremete con impaciencia, y para las 7 todo se halla ya bajo su manto. La ventana abierta dejaba ver la niebla disipada, brillando su ausencia bajo la luna llena. Mariana yacía en su cama, vuelta un capullo inextricable de sábanas ocre y mantas diversas.

Víctima de una reiteración constante, Octavio había vivido siempre en la más pura vigilia, en la frustración enardecida de la ausencia de azares, en la exaltación prematura de ver todo un segundo antes.

Para cuando estaba dando el tercer paso hacia la cama, supo en el baño un cuerpo desnudo, una figura masculina saliendo de la ducha. En un frustrado intento por silenciar a la muchedumbre vociferando entre sus sienes -demonios rabiosos en piel de recuerdos-, se asomó a la ventana, no sin antes contemplar (con el más terrible horror) al espejo tras la cama, adelantándose a sus pasos.

Sólo lo vio la altiva luna, cíclope omnisciente de esa noche de manos soltadas. Un segundo antes de hacerlo, ya se sabía muerto. Abrió los brazos, cerró los ojos y, resignado, se dejó caer.

jueves, diciembre 28, 2006

Gemidos

En las estrellas del balcón se adivinaban las 11 de la noche; si era viernes o sábado ya era fútil. El departamento alumbrado sólo por el destello azulado de la película que se hacía esperar mientras ellos se escapaban entre risas. En la cocina, el pochoclo ya empezaba a reventar con cierta prepotencia. En el pasillo, él echó una mirada cómplice y ella lo siguió sin pensarlo demasiado. Las palabras ya sobraban cuando el baño les abrió la puerta.

Se encontraron gimiendo al unísono, gozando cada milímetro de placer que escapaba de sus cuerpos convulsos. Se retorcían, se arañaban, mordían la nada; hacían entrechocar sus dientes mientras el sudor los lustraba, embelleciendo sus figuras semidesnudas, refulgentes bajo la penumbra y la luz tenue reflejada en azulejos.

De repente, el clímax. El, por su fisonomía más robusta, defecó en el inodoro. Ella, en el bidet. Una vez culminado el acto, echaron un poco de soda cáustica sobre éste último para limpiar las huellas del placer y se fueron juntos a ver una de Tarantino. En la cocina, el pochoclo echaban humo.

viernes, diciembre 08, 2006

Se retuerce mi nostalgia

Se retuerce mi nostalgia
al tocarte en el letargo,
pues el tiempo te ha tragado
y ya eres parte del pasado.

Construíme, cobijame.

Bajo el sol, o en plena lluvia,
se retuerce mi nostalgia,
que susurra salpicando
viejas dichas, otras vidas.

Destruíme, denigrame.

Mil penumbras te abrazaron,
desgarrando mis mejillas.
Se retuerce mi nostalgia
y los cielos hoy se asfixian.

Abrazame, abandoname.

Se retuerce mi nostalgia,
mas no el alma, tan curtida
por la flecha, por la brisa,
por la rosa ya marchita.

viernes, diciembre 01, 2006

Familia

Al igual que todo hombre, me encantaría en un futuro formar una familia. Ustedes saben: casarme, tener mi casita, mi auto, mi patio, perro, hijos, etc. Por supuesto que voy a esperar que mi familia sea la mejor familia del mundo: que mi mujer sea buena, que mi casa sea linda, que mi auto ande bien, que mi patio tenga flores, que mi perro no ladre (ni me cague la alfombra del baño) y que mis hijos sean perfectos. Ese "perfectos" significa que me encantaría que sean creativos, valientes, inteligentes... genios si se quiere. Es por eso que tomé la determinación de darles la mejor crianza que concibo para lograrlo: les voy a pegar a diario con un nervio de vaca... o con un látigo, o con una madera astillada (si la arranqué de un cajón de verdura y tiene un clavo oxidado, mejor), o con lo primero que encuentre. Voy a ser un padre violento, alcohólico y drogadicto. Voy a abusar sexualmente de la niñera (menor de edad) en el living de mi casa linda a la hora del almuerzo, le voy a decir "puta" a mi mujer buena, y si los chicos lloran, los voy a calmar con música de cámara y sedantes para animales. Probablemente también los haga dormir en jaulas y les dé con picana de vez en cuando, así aprenden también a contener los esfínteres por más de una o dos semanas.


¿O acaso ustedes conocen alguna persona con infancia feliz que haya llegado a la inmortalidad artística, cultural o intelectual?

miércoles, noviembre 22, 2006

Estúpido

Sí, además de desagradable y un largo etcétera, soy poco serio. Soy poco serio porque me gusta ser estúpido. Voluntariamente estúpido, claro está: no vayamos a confundirnos con los tantos otros tipos de estupidez. Soy poco serio, y consecuentemente estúpido, por sentirme vivo. Por el puro placer estético de contradecir a los muertos, que son eternamente serios a mi entender. Un muerto solo es gracioso por la mano humana de un tercero (estúpido, claro está) que lo maquilla, lo despeina y le hace morisquetas por detrás sin que el pobre finado pueda defenderse, o golpearlo estúpidamente como la situación lo ameritaría. Fuera de eso, un muerto es serio. Yo no estoy muerto, pero cuando lo esté, voy a tener tiempo de sobra para estarlo. Voy a tener tiempo de sobra para ser cadavéricamente serio y reservado. Hasta entonces, seguiré siendo estúpido.



Epílogo estúpido:

- Iba a terminarlo diciendo «el mismo estúpido de siempre», pero recapacité y la idea de la estupidez se dibujó en mi cabeza como una analogía de la madurez, que es algo que se va adquiriendo con el tiempo. Suena estúpido, lo sé, pero se me ocurrió que, si crecen juntas, no voy a ser el mismo estúpido de siempre como había pensado originalmente, sino que voy a ser cada vez más y más estúpido, puesto que cada día voy a ser, a la vez, más y más maduro.

- O te vas a volver menos estúpido porque cada vez vas a estar más muerto.

- No, creo que morir es el punto cúlmine de la estupidez... es la consagración del estúpido, que deja de tener una presencia corporal y pasa a ser algo más trascendente. Se separa del cuerpo y el estúpido se vuelve una entidad omnipresente (y estúpida), mientras que el cuerpo se vuelve serio.

miércoles, octubre 25, 2006

Amo...

Amo saborear la vibración del subte abriéndose paso entre tanta oscuridad eterna, entre el aire enrarecido y húmedo de subsuelos laberínticos, entre estaciones atestadas de cuerpos que ven el momento como una mera traslación de su casa aburrida a su trabajo aburrido de su vida aburrida. Me gusta mirar durante 1 hora el cielo de una noche nublada y que me sorprenda la primer gota en la frente.

Amo leer los cuentos circulares de Borges y, al terminar, decirle Hijo de Puta como si me escuchara mientras río solo.

Amo caminar por la costa del río en silencio.

Amo ver las estrellas de noche recostado sobre un techo.

Amo bailar como si fuera el único en la pista.

Amo olvidarme el paraguas cuando llueve en verano.

Amo que la música me estremezca el alma.

Amo que una palabra valga más que mil imágenes.

Amo el olor a lluvia mientras tarareo a Gene Kelly.

Amo las empedradas.

lunes, octubre 23, 2006

- Hola

- ¿Qué hacés?

- Bien, ¿vos?

- Todo bien.

- Me alegro mucho, che.

- Entonces, ¿vos todo bien?

- Si, bien, bien... tirando.

- Bueno, mandá saludos.

- Vos también.

- Chau, cuidate.


[ Levanta la mano en ademán de saludo mientras la puerta del ascensor se vuelve a cerrar, y continúa mirando la fría nada de la pared metálica... ]


La jerga jurídica es una de las cosas más estúpidas que escuché y leí en mi vida. Imaginen un lenguaje insípido e intrincado sin más sentido que el de demostrar la idoneidad (o pedantería) del letrado en cuestión. Absurdo, ¿no? bueno, ya tienen el concepto. Quizás el sentimiento de inutilidad que me inspira ese lenguaje (propiamente hablando) junto con situaciones vacías como la que cité más arriba (diálogo real entre abogados en un ascensor de Tribunales) hayan sido 2 factores cruciales al tomar la decisión de alejarme de mi tentativo futuro académico en el derecho. Hay un tercer factor (que, por razones personales, voy a mantener en silencio) que implica una fuerte decepción que tuve, y que fue el que más influencia tuvo en mi cambio de postura.

Que quede claro. Uno no es idiota por elegir una carrera que lo llene espiritualmente contra una que en teoría lo llenaría monetariamente. Los idiotas son ellos, infelices vanos que venden su vida y alma a cambio de una remuneración ostentosa. ¿De qué sirve eso? Escupo sus reglas. Me cago en sus reglas y me cago en ellos, en su "buena vida" y en su mugrosa credencial amarilla. ¿De qué sirve todo eso si llegan de la oficina y no hacen más que comer, mirar tele, dormir y despertarse al día siguiente a hacer lo mismo que el anterior y que el siguente? Y lo peor de todo, ¿de qué sirve trabajar para la justicia cuando son ellos mismos los primeros en robarle las monedas a esa pobre ciega, negando así su existencia, cosa que tanto pregonan al firmar sus escritos?

En cuanto a mí, ya dejé de cuestionarme por qué escribo estas cosas. Ahora simplemente me dejo llevar por el teclado bajo mis manos, como todo artista que se entrega a la improvisación libre. No hay suicidio más cobarde y atroz que la autocensura. Me cansé de pretender ser un cadáver políticamente correcto.

miércoles, octubre 18, 2006

Caridad...

Me acordé de la cantidad de veces que me tildaron de "hijo de puta" por no dejar propina ni dar limosna. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Acaso dar limosna va a ayudar al pordiosero que me pide? ¿o, en cambio, lo va a incentivar a seguir pidiendo? La gente no piensa en ayudar a nadie cuando da limosna, más que en alimentar con golosinas su propia conciencia. Es como mezclar la prostitución con la redención. Uno deja monedas para alquilar gotas de sosiego para la conciencia ennegrecida que tienen casi de fábrica.

Bien, ahora... yo tengo la conciencia perfectamente limpia, por cuanto mi interés en ganarme un lugarcito en un paraíso ilusorio (de cuya existencia no tengo ninguna prueba tangible) es absolutamente nulo. Por otro lado, no encuentro -sinceramente- ninguna satisfacción en darle a un desconocido una moneda que me podría salvar (literalmente) a la hora de tomar un colectivo, ergo no tengo motivación alguna para hacerlo ni siquiera por regocijo propio.

Todos somos egoístas y ególatras, solo que algunos tenemos la envidiable facilidad de reconocerlo sin pudor. Por eso nos señalan.

sábado, octubre 14, 2006

Transición

Bienvenido, mi buen amigo,
a la incandescente blancura
que este infierno te procura.
Ése en que nunca habías creído.

Es tan vasto y luminoso que
solo miedos y congojas
del pasado te sofocan,
y la sombra ya no te acoge.

Admirando lo eterno,
que inútil ya es todo...
hoy has muerto.

El tortuoso recuerdo.
Entonces, ¿por qué todo?
(el vacío te pregunta)

¿Por qué hijo y estudiante?

Tantos años de vivir
esperando, negando;
solo temiendo morir.

¿Por qué padre y laborante?

No serás recreado.
No serás reencarnado.
No serás recordado.

¿Ahora qué anhelas?

Sobre tí, la eterna brisa,
las pisadas, los gusanos,
y esta lluvia con sus manos
que toda tierra y pasto alisan.

Te han enterrado.

El reloj queda en la entrada.
No me mires en la bruma;
no te miro, pues no existes.

Ya no sientas, ya no esperes
esta es tu nueva tumba.
El tiempo es cosa pasada.

Tan solo uno más,
nacido para morir.

Mira ya, cuan importante te creías.
Mira ya, mientras las larvas te mastican.
Mira ya, mientras la fría lluvia aplana.
Mira ya, mientras las tiesas hojas te tapan.
Mira ya, cuan verde el pasto te reemplaza.

¿Viviste? ¿Realmente viviste?

Tu sangre sólo movió un cuerpo.
Tu saliva sólo abrasó comidas.
Tu semen sólo endulzó látex.
Tu sudor sólo empapó camisas.
Tu llanto sólo roció penas.

¿Ahora qué te queda?

Salvo el recuerdo, cual ventana
que desde afuera contemplas;
que a lo lejos hoy anhelas.
Seca y muerta, una pantalla.

Siempre lo que debías,
más nunca lo que querías.
Siempre atento a las horas,
mas nunca a las estrellas.

Memorias de granizo, ese
demonio ardiente, inquieto.
Si ni el polvo ya te acecha;
hasta tu Dios te ha dejado.

¿Por qué tanto alboroto?
Si no vives para sentirlo.
¿Por qué tanto martirio?
Si no sientes para sufrirlo.

No más luces,
no más sombras.

Solo... nada.

miércoles, octubre 11, 2006

Confieso

Me molesta la gente...

que putea al rope,
que tiene mugrosa la saca,
que no gusta del feca,
que engaña a su jermu,
que arma bolonqui,
que reniega de sus dopes,
que garronea nedamos,
que corta mal la zapi,
que te manda al jocara,

pero, por sobre todo eso,
me molestan los porteños dolobus
que parlan al vesre.

lunes, octubre 09, 2006

Ego...

Mmmmm... ¿resumen del día? Aprendiendo el moralmente desdeñable oficio de vivir por y para mí mismo. Despreciable, ¿no? Bien, sí, quizás. Lo acepto, puedo ser despreciable e, incluso, hijo de puta. Pero no viene al caso en este momento.

Nunca fui de esas personas que te dicen "no me cuentes el final" cuando se enteran que fuiste al cine; siempre me gustó disfrutar lo del medio... siempre tiene otro gustito el centro. La vida es igual: el principio y el final ya los conocés de memoria, lo ves a cada rato en la calle, en la vieja loca de en frente (que por suerte se murió, porque ya se había puesto pesada con los gritos), en tu casa, en Crónica, en fin. Nacés para morir, y no podés hacer nada para evitar ni una cosa ni la otra. Lo único realmente tangible y, por ende, apreciable es lo del medio. Entonces, ¿tiene sentido desperdiciar el lapso que media entre el principio y el fin de la vida? A fin de cuentas, la única persona que te acompaña incondicional durante todos y cada uno de tus días sos vos, y nada más que vos. ¿Tiene algo de malo mimarse a uno mismo? ¿es malo acaso priorizar la felicidad propia por sobre la ajena?

Simplemente, no.

Me dijeron que pensando así me iba a quedar solo. Probablemente tengan toda la razón, pero desgraciadamente (y sepan disculpar mis arranques de idiotez) sigo sin entender cuál sería el problema. Será que la gente tiene tanto ruido en su cabeza que se siente incómoda disfrutando del silencio propio, quizás. O quizás yo sea un misántropo incurable y tenga que aprender a vivir con eso (dentro de una cueva y comiendo ratas, por supuesto).

lunes, septiembre 25, 2006

Circular

Blanco negro
vida muerte

vos yo nos
puente inerte

ojo amarillo
techo añil
flor amarilla

encontrarnos
perdernos
encontrarnos...

lunes, septiembre 11, 2006

Carmín

Cual sueño, vida:
Vuelas, desciendes, pero
siempre terminas.


Amanecieron tus ojos errantes. La blancura aséptica del día los cegó con saña durante esos instantes que aprovechaste para hundirte entre tus sábanas blancas con la almohada incondicional entre tus brazos. La ventana gritaba nubes (la muy desgraciada). ¿Para qué ibas a querer más nubes? No, gracias, y con cierto dejo de timidez te empezás a reconciliar con el techo blanco y el día enano. El cielorraso se deja mirar, palpar, casi acariciándote desde arriba, como una madre sobreprotectora; pero claro ¿cómo te vas a acordar de eso? Fue hace tantos septiembres…

Como escapando del asedio luminoso del ambiente, buscás refugio en la tiesa calidez de la plaza libre de tu cama girando levemente la cabeza hacia tu flanco izquierdo y acurrucándote entre tus propios abrazos secos. Y sí, nada. Nada no como cuando uno en realidad piensa Todo, sino Nada como Nada de Nada. Nada como los seis meses que bastaron y sobraron para enfriar un colchón blanco en una pieza blanca. Mirás las nueve que se asoman desde el despertador hoy mudo por el fin de semana, y te dejás envolver nuevamente, quizás esperando que algo, alguien o nada te obligue a dejar el lecho mortuorio en que yacés a diario.

Dos minutos son resortes, y ella es algo, alguien, nada y todo, parada a los pies de tu cama, hermosa como siempre, nunca y jamás quizás, con sus enormes esmeraldas visuales, la cascada negra sobre sus hombros delgados (desnudos obviando los breteles) y el camisón blanco que tanto te gusta haciendo juego con la pieza blanca de techo blanco y ventana nublada. Tardás un poco en adivinar su silueta bajo las telas semitransparentes del camisón blanco que tanto te gusta (y que hace juego con la pieza). La mirás, recorrés, explorás, aprendés, aprehendés, comprendés, pero no, no comprendés en realidad. No terminás de comprender la escena. Ella, ahí, parada a los pies de tu cama, hermosa como siempre, lo revisás y analizás aún luchando contra la letárgica modorra en que ayunás. Lo mismo: ella, ahí, parada, mirando, recorriendo, explorando, sonriendo... sí, te sonríe; mirala. Mirá como la sonrisa deviene en una mueca sardónica que invade por completo su semblante. Mirá como las carcajadas empiezan a brotar con tanta euforia que se le terminan cayendo, vencidas, las lágrimas, las piernas, los brazos, la cara, la risa, pelo, manos, hombros y de repente ya no es más que un bulto tembloroso yaciendo a los pies de tu cama, luchando por no ahogarse en un océano implacable desbordado entre sollozos.

Reptás lentamente; te abrís paso entre la jungla incomprensible de sábanas enmarañadas indistintamente hasta llegar al borde, al quiebre, al abismo, pero ella ya es tarde. Su espalda se te escapa rabiosa corriendo por el pasillo que da al comedor pintado de blanco. Te calzás lo primero que encontrás (luminoso y sedoso, que descansa sutilmente sobre el suelo frío y lustroso) e intentás seguirla, apurando la marcha por el pasillo que da al comedor pintado de blanco. El pasillo, con su tentador espejo mirando de reojo, pasa como rayo por tu izquierda y al llegar chocás contra una nada tan vacía que te vuelve la sangre un bloque de hielo rosado del que asoman ciertas formas huesudas que terminás adivinando como propias. La mesita insípida de vidrio con caños negros te saluda de mala gana mientras el sofá minimalista ni la hora, tan absorto en las piernas sedosas de la tele durmiente. La ventana del comedor viste de nubes que, curiosamente, combinan con las paredes blancas, el techo blanco e incluso con ella, asomada desde el baño, vestida únicamente con el camisón blanco que tanto te gusta. Aún en garras del trance hipnótico en piel de cama, comenzás a levantar tus piernas de a una a la vez, coordinándolas de forma que puedas ver cómo, casi mágicamente, una se adelanta a la otra, y luego la otra se adelanta a una, y luego una a otra y así sucesivamente hasta hacerte atravesar el umbral del tocador y arrojarte secamente frente al inodoro, anfitrión maleducado que te recibe anonadado, boquiabierto, exhibiendo con orgullo su boca maltrecha y pestilente esgrimiendo restos de comida putrefacta. Te saluda cordial, hacía mucho que no charlaban; de seguro tienen tanto de qué hablar… vos sabés: que el laburo, que la casa, que la cama, la heladera, la vida, la vida. Te distraés contándole trivialidades sueltas cual papel picado (o carne) y pasás el rato, sobrellevando con calma la charla por más que te la veas venir como siempre. Y pasa nomás, empieza con las preguntas. Que cómo, que cuándo, cuánto, cuántos, ¿tanto? Sí, tanto pero tanto que, del asco que te da escucharlo reflejándote en su agua, te arrancás todo lo que él busca y lo largás sin titubear en su cara gorda, fofa, fea y boquiabierta, justo dentro de su agujero boquiabierto, esperando saciar sus preguntas con un torrente marrón verdoso que condensa insultos, broncas, iras, frustraciones, saliva, gritos y demás etcéteras tortuosas. Lo que mata es la mezcla, viste.

Te calmás, se calma, cesan los gritos y agradecen la mutua tregua mientras tus brazos te rescatan de un desmayo como pozo ciego. Te mojás un poco la cara, la boca, las manos (que ya estaban mojadas) y, buscando alguna toalla, te topás con la ventanita egocéntrica, blanca como el baño, descansando sobre el lavatorio. Te contempla atónita, y ves que algo borroso empieza a dibujarse tras el vidrio empañado, justo entre tu cara y el inverso maniquí que te imita desde el fondo. Intentás, pero no lográs adivinar; está tan borroso que le restás importancia. Volteás con cierta incertidumbre, temiendo que se escape y te reemplace, pero confiás en que el vidrio de por medio va a ser lo suficientemente fuerte como para evitar contacto alguno entre el mundo inverso y el derecho (aunque no sepas discernir cuál es cual… el otro a veces parece tan real…). De repente, te saludan la bañera tibia, expirando vapores de jazmín, y el camisón descansando al lado de las toallas blancas. Calma al fin.

La imaginás relajada, descansando bajo el agua con espuma y te causa cierta envidia tanta paz en el ambiente. Pensás en comentarle las disputas con el bocón de mal aliento, pero no viniste a eso, sino que atravesaste el umbral del tocador por andar tras ella, que (recordás) no debería estar ahí. Es tu casa, no de ella; tu bañera, no de ella, tus toallas, tu espuma, tu espejo y las nubes de allá afuera contagiando al baño entero. Presintiendo el acecho del espejo tras tu nuca, te guardás el miedo y desplazás lentamente la cortina de la ducha tironeándola hacia la derecha suavemente con tu mano derecha hasta encontrarla a ella recostada, relajada, muy relajada, tan relajada con las esmeraldas visuales atentas a la nada y la cascada negra serpenteando libremente sobre la espuma color rosa que corona sus hombros desnudos, ya sin breteles. El carmín bajo la espuma, alimentado por un par de manitas inertes flotando cortadas casi de raíz, se burla de tu asombro y de tu cara blanca contrastando con tanto rojo salpicado entre las toallas, la bañera, chorreando en las cortinas, las paredes, deletreando un poema (antes ilegible) en la niebla del intruso, el espejo.

Tus extremidades entran en un frenesí rabioso que te arrastra contra tu voluntad fuera del baño, intentando huir de la pantomima diabólica que revienta en carcajadas estruendosas al clavarte la mirada y encontrarte contemplando lo inaudito, lo imposible, lo indebido. Procurando no mancharte, te arrojás al comedor, aún nublado, y te ahoga nuevamente con la nada tan pesadamente fría (y vacía) que pasea libre entre los muebles echados casi al azar (tablero a cuadros monocromo, dos reyes, un peón). Añorás la blancura de tus sábanas, tu almohada incondicional y ese techo que te abraza como manta de peluche. Atravesás violentamente el pasillo casi degollándolo y desestimás la mirada del reflejo, que contempla con jolgorio la ausencia de manchas en tu ropa blanca. Llegás a tu cama y te parás a los pies. La mirás.

La ves reflotar lentamente de los blancos confines de un océano de telas y mirarte como ahogado a un salvavidas, adivinando tu silueta bajo el camisón blanco semitransparente que tanto le gusta y que hace juego con la pieza. Está hermosa, con sus enormes esmeraldas visuales clavadas en las tuyas, intrigada por la negra cascada que acaricia tus hombros delgados. Te mira, recorriéndote, explorándote, aprendiéndote, aprehendiéndote, comprendiéndote, pero no; no termina de comprender la escena. Su carita estupefacta te arranca una sonrisa. Son las nueve y dos minutos, y, como poseída por la frustración que acarrea una empresa cíclica, estallás en carcajadas mientras se te ahogan los ojos y te traicionan las rodillas, dejándote caer sin reparar en lo que vendrá después.

jueves, septiembre 07, 2006

Dos Haikus

Haiku VII:

Tic, tac, tic, tac, tic:
Marionetas vitales
del mundo feliz.

Haiku VIII:

Cual sueño, vida:
Vuelas, desciendes, pero
siempre terminas.

martes, septiembre 05, 2006

Cuatro Haikus

Haiku III:

A la distancia,

se cae un chalecito
en Mar del Plata.


Haiku IV:

Tú, exquisito
diccionario: Maldito
cadáver eres.



Haiku V:

Dulce petróleo:
En un blanco cáliz al
tiempo engañas.


Haiku VI:

Las suaves hebras
se entrelazan hasta
rendirse juntas.

sábado, septiembre 02, 2006

Incógnita

¿Cuántas veces te has enamorado (sí, enamorado),
de las tenues pintas blancas, en el cielo, menguando
al crepúsculo; y tú solo, desde el suelo contemplando
a ellas lejos, que entre nubes se confunden, desfilando,

siendo toda escolta esa vieja amiga, confidente,
la odalisca humeante entre tus labios serpenteando,
al compás de balses (por tus dedos trazados) danzando,
esperando, escuchando, pues de ti ella no disiente,

mientras la noche se hace día, ése punto donde el sol
con modorra incipiente alumbra imponente, elevándose
sin moros insolentes que osen ofenderlo enfrentándose

a sus alas ardientes, a su sacro y luminoso festín;
abrazando tus ojos ya rendidos ante su eterno candor

atenuando las penumbras de tu alma sin amor, por fin?

viernes, septiembre 01, 2006

Haiku II

Escarabajo:
Desde tu rosa ya ves
bichos abajo.

Intruso

Soy espejo
si tú sufres, yo te siento
tú me admiras, te contemplo

cuando hablas, yo te entiendo
si volteas, quedo atento
al acecho...

Cadáver exquisito (García-Rodríguez)

Madrugada post-letargo. Espejo, cara, boca, ojos. No soy yo pero es parecido, parecida o hamster menos peludo y grandote, che, que me quiere atacar desde el espejo de la abuela. Es como una bestia, pero tiene ojitos de chino. Debe ser la madrugada. A ver si abro un poco las ventanas y me amigo con el sol. La abuela me regalo ese espejo, ¿Habrá tenido siempre las marcas de los años? Y no, che. La abuela tampoco nació arrugada (¿posta? sí, posta) además, (no me estás jodiendo con la abuela, ¿no?) a esta hora los espejos están de malas, por no decir con resaca por la parranda de anoche. Algunos ni resaca. Puro etileno, drogas duras, no reasons y te deforman de puro comediante de Tetra-Brik. La cuestión que este espejito maltrecho asicomoloves refleja una belleza y un hamster con cara de chinito a la vez (fijate la ironía de chino meaning "high").

Una belleza de 18 años, pelo medio anaranjado, y ropas cool revoleadas por el piso. Un vestido medio floreado, unos jeans rotos en las rodillas, converse marrones con cordones deshilachados, y una tanga seguramente de feria americana. El pelo es como un montón de trencitas... ¿es que los hippies no desaparecieron hace mucho? ¿y si me doy vuelta y la miro? ¿y si cuando me doy vuelta desaparece? Se desvanece esa belleza acaramelada, la piel como salpicada, los gestos como agudos, y ese comentario anoche... (¿anoche? ¿qué hora es?)... Probablemente esté sumida en alguna laguna de sahumerio, y se ría de vos al darte vuelta. Che, ¿y el reloj? Persianas, nena, per-sia-nas. Tanto despreciabas la tecnología. Despegate la almohada, pacificate con el día (¿día ya? Merde, che) y compranos algo para desayunar.

Que tristeza mi heladera... postrecitos Shimmy, flan de antes de ayer, y una banana cortada a la mitad. Mejor dejamos el bajón para más tarde. Me siento al lado, y trato de recordarme, recordarle, esa frase con la que me encaro. ¿Cuál de todos? preguntaría socarronamente el del cuarto de al lado. Risita de souvenir y a otra cosa. Un Nescafé a falta de té instantáneo (hablando de chinos y su creatividá). Hora de llenar el tanque antes que la heladera me demande por abandono de persona. ¿Coto, Disco? No. Eso mismo. Chino. El día huele a paradoja.

Cerrar la puerta de mi casa, ubicada en el piso trece es un martirio. Pero ¿qué es el peor martirio? Hace tres días que la ola de calor en este Buenos Aires húmedo y pringoso me esta matando, no solo por la cantidad de transpiración, sino por la cantidad de escalones que tengo que subir y/o bajar. 500. ¡500! Qui-nien-tos escalones para ir al chino a comprarle dos latas de arvejas y cuatro helados en juguito.

– Mirale el lado bueno, cuando subiste ya te adelantaste a bajar las arvejitas – (subi-baja-subibaja)

– Fuck, fuck, fuck with the fucking diet. Los helados en juguito tendrán algo de juguito pero no tanto de helado, y las arvejas... ¿quién sabe cuántas calorías tienen?... Uh, ahí está la gorda del noveno… mejor apuro el trote, a ver si me ve y me quiere preguntar dónde esta (otra vez) su gato. No sé por qué... tengo la sensación de que cree que lo envenené. ¡¿No me alcanza para las expensas y voy a andar derrochando en veneno para gato?! Como si que el hecho de que el gato me mee la puerta todas las mañanas, me rompa la bolsa de basura todas las tardes, y me despierte todas las noches, fueran buenos motivos para asesinarlo... Pobre bicho... reconozco que alguna vez fantasee con eso, señor juez, lo reconozco... pero tampoco la pavada vio?

– Pero quien fantasea con el gato, también lo hace con la gorda, con el de enfrente, con el viejo loco de arriba y sus películas bélicas añejadas medio siglo. No engañás a nadie, sos una nena. ¿No ibamos a desayunar?

– Bué, a ver. ¿Cómo mierda se llamaba el chino este? ¿Ling? ¿Ching Ching? ¿Clin Clin? ¿Mao Mao? ¿Mao Tse Tung? Cierto que quería que lo llamen por el nombre...

– Ponele Johnny Tolengo, total es lo mismo... no te vas a acordar.

– Merde alors, Horacio… la revolución tiene cara de minimercado. ¿Podés hablarle vos? yo ya no tengo paciencia, y recién son las... ¿que hora es?

– Hora de desayunar nena. Hablando de eso, tengo hambre todavía. Agarrá las cosas y mostrale plata, que ese lunfardo lo entienden bien. Divina matemática, ¡Oh, lenguaje universal!

– Encima este es medio sor... ¿CUÁNTO ES... Ling?... Este supermercado es como una resaca ¿ves? siempre que salgo digo: No compro nunca más acá. ¿Por qué siempre me terminás arrastrando a este antro? A ver, pibe, oíme, pibe. ¿Qué hacemos con la coloradita de arriba? ¿Decís que la hagamos con salsa bolognesa? Te dije que los fideos no me gustan... engordan...

– Tirabuzón, querida... ¿seguís juntando lauchas como mascota? Diría que le montemos un drag-queen-show con lauchas en su cuartito. Puro placer estético, por supuesto, verla correr de bruces por la escalera olvidándose de ese invento llamado escalones.

– Ay, ¡Que malo sos!... pobre chica... la chupaba bien... yo digo que la dejemos dormir, y que la despertemos a los cintarazos...

– ¡¡¡Pero lauchas!!!!... ufa… dale, invitala a desayunar. A todo esto, ¿te dio vuelto el chino?

– Chino de mierda... ¡le pagué con 20! ¿No tenés ganas de ir a buscar el vuelto?

– Tan «vos» vos, eh…

– Dale, es ahí enfrente... vos tenés más... firmeza, más carácter... más...

– Mirá que no traje ni la faca ni el poncho…

– No me hagas empaparte las medias por 20 metros, dale...

– ¡Naides en sus cabales se enfrentaría desarmado a un chino por vuelto, es sabido. Preguntale al Chueco sino... ¿No lo conocés? ¡Ah! entonces preguntate por qué será.

– Necesito esos 7 pesos, Horacio. Cruzate la calle, no seas vagoneta.

– ¿Te respondo a vos o a Lucía?

– Ah, ¿encima esto? Andá a hacerle reclamitos a Babs, dale... a ver si Babs te sigue los jueguitos lingüísticos como yo… siempre con una distinta vos, no cambiás más negro.

– Blan-qui-to. No le quites mérito a lo único bueno que hicieron esos dos.

– No me contaste como te fue en el barquete... ¿Podés cruzar la calle y conseguirme los 7 pesos antes de contarme de las ratas del barco?

– ¿El barquete? Como siempre, delicioso, y después el inodoro. Navegás, comés, cagás. Lo del medio es nimio.

– Pensar solamente en ratas me hace sentir una, y sin esos siete pesos, accedo a la condición de rata, creeme...

– Te traigo 6 pesos... uno lo gasto en Carilinas, tus mocos son épicos ya.

– Lloro todo lo que se me canta, que para algo Dios me dio esta lengüita. Cuidado con la camioneta, Horacio.

– Sí, para algo te la dio... ¡PELOTUDO! ¡Mirá donde manejás!

– ¡Horacio, cuidado con la camioneta! Puta madre, ¿ni cruzar bien la calle sabés? Levantate boludo, dale. No me tomes el pelo. Horacio levantate. Horacio... Dios, ¿y el yuta de mierda dónde esta cuando tiene que estar? A la vuelta chamuyándose a la perra de la farmacia, seguro...

– ¿Mamá?

– Carlitos, sabés que recién paso una camioneta blanca y me lo toco nomas... no, no, si estaba bien... tenía los ojos abiertos, solo quiero que vengas ayudarme a levantarlo… me parece que está desvanecido... no, ¿qué muerto? muerto no... si ni sangre había...

– Mamá, ¿dónde estuviste?

– Sí, acá, acá… acá estaba supuestamente...

– Se extrañé, mami.

– Acá, te juro que fue acá... no, no volví a las drogas... ¿Dónde se metió este pelotudo? Me está haciendo una broma, como si de bromas se tratara… y con la colorada infernal allá arriba... seguro se la está volteando... ¿Dónde mierda se metió? Más le vale tener una buena excusa... encima el ascensor de mierda que no anda. Dios, 500 escalones y esta vez sola. ¿Cómo habrá hecho para subirlos? ¿Y si no está arriba?

– Dame teta mamá. Che, Lu, ¿Qué hacés con la cara de mamá? Te van a salir pelitos si seguís así, che. Fui a buscarte el vuelto, tomá tus 6 y mocos. Bueno, saludame a la colorada. Cuando cambies de opinión con lo de las lauchas, me avisás. Me voy a matar al perro, que me está volviendo loco además, mi media hora y... ¡¡PERRO DE MIERDAAA!!

– ¿A matar al perro, Garcia? Avisame cuando saliste del personaje, porque soy capaz de tratarte como a Horacio toda la vida. O lo que es peor, sentir que sos un fantasma alrededor mío in eternum.

– Eso es grave, ¿no Rodríguez?

– Very very.

– Una vez que nos volvemos personajes, estamos condenados a la inmortalidad como los necromantes, pero peor, porque ellos conocen su desgracia.

– ¿Y entonces? ¿Qué será de nosotros, ahora que nos odiamos pero no podemos dejar de ponernos a prueba, como Lucía y Horacio?

– Hacer una novela en vez de un cuento, y pretender salvarnos a base de traducciones y royalties.

– ¿Y qué hacemos con el muerto que habla pero que Lucía no escucha? ¿Será que Lucía no quiere escucharlo? Dios... ¿ves por qué me da pánico el escribir, Horacio? Uno siempre, fuck, siempre saca lo de adentro, y después... ¿qué hacés cuando tenés las fichas sobre el tablero?

– (juro que lo voy a asar, perro de mierda) Las mirás, que bonitas, y empezás con otro.

– Bien. Este cuento yo lo voy a terminar de todos modos. Esa Colorada tiene algo raro, y ya voy a descubrir con qué se las trae.

– Así me gusta. Sorprendeme. Me hablaste tanto de ella, y nunca la vi… fuera de vos, al menos.

– ¿Fuera de mí?

– Sí. La vi con tus ojos que se te escapan por la boca. Articulás la lengua, la ponés así, soplás, munch munch, se convierte en palabras y yo las convierto en Colorada. Ahora me falta verla con mis ojos.

– La Colorada es un turrita, yo lo sé. La Colorada me los va a llevar por mal camino a estos dos. Pero no se qué mal camino han transitado… cuál les queda por transitar...

– Entonces no queda otra que un palco y mirar con pochoclo salado y mucha Fanta Light.

– Lo que me faltaba, una nueva obsesión… descubrir quien es la Colorada…

– ¿Ves que fácil es escribir con la motivación apropiada?

– ¿Ves que difícil se me va a hacer la noche esta noche?

– No sé, preguntale a la Colorada.

martes, agosto 29, 2006

Finada

¿Dónde irán tus alas flageladas,
sino arriba, aferrándose de cada
soga que el gran juego les regala?

Por los sueños respirabas,
y cumplirlos anhelabas.
En recuerdos hoy naufragas,

y es tu pecho un hoyo negro,
con la sangre como arena,
sólo un grito en el desierto.

Nada muere, solo cambia;
hoy un gato, luego un pato,
luego humano y ya caminas.

Toda brasa un día culmina.
Ya en la ausencia de caricias
las perdices son ficticias.